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Durante años, el lenguaje empresarial estuvo dominado por una palabra: riesgo. Riesgo país. Riesgo regulatorio. Riesgo financiero. Riesgo político.
El riesgo parte de una premisa implícita: el sistema es estable, pero puede desviarse. Las reglas son conocidas, aunque imperfectas. En ese escenario, la tarea del liderazgo consiste en anticipar, cubrir y mitigar.
Pero 2026 ya no encaja en esa categoría. No estamos frente a una sumatoria de riesgos. Estamos frente a fricciones estructurales. Y cuando cambia el orden, el riesgo deja de ser la variable central. El riesgo pertenece a un mundo continuo; las fricciones estructurales, a un mundo que se reconfigura.
No es un shock. Es una transición. Se consolida un nuevo orden global: menos multilateral, más fragmentado; menos regido por eficiencia pura, más atravesado por seguridad económica; menos centrado en reglas universales, más estructurado en bloques y zonas de influencia.
Las tensiones no generan simplemente volatilidad. Generan fricción: fricción entre globalización y soberanía, fricción entre mercado y política industrial, fricción entre estabilidad macro y competitividad estratégica, fricción entre cadenas globales optimizadas y cadenas resilientes.

Estas tensiones no se “cubren” con instrumentos financieros. Se interpretan estratégicamente. El problema ya no es la incertidumbre; son las nuevas categorías.
Cuando cambian las categorías, cambian los criterios de asignación de capital, las prioridades de inversión y la forma de competir. Ese es el verdadero desafío de 2026. La pregunta ya no es “¿qué puede salir mal?”, sino “¿qué lógica está dejando de funcionar?”.
LA TENSIÓN MADRE
La placa tectónica del nuevo orden global no es comercial ni financiera: es tecnológica. La tensión estructural que reorganiza el sistema es la que enfrenta soberanía tecnológica con interconectividad global. De esa fricción se desprenden los movimientos sísmicos en economía, política y estabilidad social.
La doctrina de seguridad nacional redefine la lógica productiva. Los datos deben residir dentro de fronteras propias o aliadas. El hardware crítico no puede depender de jurisdicciones adversarias. Los algoritmos estratégicos dejan de ser simples activos corporativos para convertirse en instrumentos de poder.
Pero la arquitectura sobre la que se construyó la economía digital fue exactamente la opuesta: internet nació sin fronteras, el desarrollo de código abierto se expandió sobre colaboración transnacional y la eficiencia corporativa se diseñó sobre cadenas globales profundamente integradas.
La cadena de valor de la inteligencia artificial y los semiconductores sintetiza esa contradicción. El diseño se concentra en Estados Unidos; la litografía avanzada se produce en Europa; los insumos críticos provienen de Asia; la fundición de última generación se realiza en Taiwán; los minerales estratégicos se procesan en China. Es una red productiva extraordinariamente interdependiente, construida sobre eficiencia y especialización extrema, no sobre alineamiento geopolítico.
La idea de un desacople total resulta, en ese contexto, más política que económicamente viable. La interdependencia es estructural. Pero también lo es la desconfianza.
Bajo esta presión, el paradigma que dominó las últimas décadas —“Just in Time”, optimización máxima asumiendo estabilidad sistémica— pierde centralidad. En su lugar emerge “Just in Case”: redundancia, diversificación, resiliencia. No como elección operativa, sino como respuesta estratégica a un entorno fragmentado.
La competencia ya no se define exclusivamente por productividad y costos. Se define por control de nodos críticos, por autonomía relativa y por capacidad de sostener operaciones en un mundo donde las reglas pueden reescribirse por decisión política. Ya no se compite solo en eficiencia. Se compite en arquitectura estratégica.
ESTABILIZAR NO ALCANZA
Argentina no compite en abstracto. Compite contra economías emergentes que ya estabilizaron sus macroeconomías en un mundo menos paciente y más selectivo.
En ABECEB ajustamos nuestra proyección de crecimiento para 2026 de 3,9% a 3,4%. No es un giro dramático. Es una señal. El cierre de 2025 dejó un arrastre industrial más débil de lo previsto y los primeros indicadores del año mostraron un inicio más frío. La política monetaria contractiva consolida desinflación, pero mantiene tasas reales elevadas, crédito escaso y tipo de cambio apreciado, enfriando sectores sensibles al financiamiento y consumo.
La estabilización avanza: superávit fiscal sostenido, reformas estructurales en curso y un frente exportador —agro, energía, minería— con potencial para generar divisas genuinas. El crecimiento está habilitado. Pero no está garantizado.
La verdadera prueba de 2026 no es alcanzar 3,4% de crecimiento. Es demostrar que la estabilización puede transformarse en un ciclo sostenido de inversión privada y empleo formal productivo.
Si en el segundo semestre observamos recuperación clara de la inversión, expansión del crédito de mediano plazo y creación neta de empleo formal, la transición habrá mutado en ciclo. Si no, el crecimiento será selectivo, heterogéneo y vulnerable a cualquier shock externo.
DIFERENCIA CONCEPTUAL
2026 no será recordado como el año de mayores riesgos. Será recordado como el año en que muchos siguieron gestionando riesgo, mientras otros comenzaron a interpretar fricciones. La diferencia no será financiera. Será conceptual.
En un mundo que reconfigura sus reglas, administrar volatilidad no alcanza. Hace falta revisar los marcos desde los cuales se decide, se invierte y se compite. La oportunidad está abierta. La pregunta estratégica es incómoda, pero inevitable: ¿estamos construyendo condiciones para un ciclo sostenible… o apenas administrando una transición más ordenada? Ahí se define la creación de valor.
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