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Los implacables ataques del presidente estadounidense Donald Trump contra el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, junto con su desestabilizadora política exterior han puesto en tela de juicio todo el orden internacional de la posguerra, incluido el dominio del dólar. Nunca ha habido un momento más apropiado para reflexionar sobre las dinámicas que han mantenido el sistema monetario internacional relativamente estable durante el último medio siglo.
La estabilidad ha persistido a pesar de la asimetría fundamental inherente al papel del dólar como moneda de reserva mundial: para suministrar liquidez al mundo, EE.UU. debe mantener un déficit por cuenta corriente, comprando más en el extranjero de lo que vende. Al mismo tiempo, emite deuda que los gobiernos e inversores extranjeros están dispuestos a utilizar como activo de reserva.
Sin consenso, un sistema multimonetario podría profundizar la fragmentación y exacerbar riesgos sistémicos.
Como resultado, los costes de financiación de EE.UU.se han mantenido constantemente bajos, lo que les ha permitido ampliar su margen fiscal gracias al ahorro extranjero. Esto es lo que tenía en mente el entonces ministro de Finanzas francés, Valéry Giscard d’Estaing, cuando se quejó en la década de 1960 del «privilegio exorbitante» del dólar.
Costos de EE.UU.
No se equivocaba. Como observó el exgobernador del Banco Popular de China, Zhou Xiaochuan, tras la crisis financiera de 2008, la estabilidad monetaria mundial depende de una moneda emitida por un Estado soberano cuyas políticas están impulsadas en última instancia por prioridades nacionales. Las repercusiones de las políticas “America First” de Trump ilustran lo que sucede cuando esas prioridades divergen de los intereses del resto del mundo.
En 2009, Zhou propuso explorar una moneda global desvinculada de las preocupaciones nacionales de cualquier emisor individual. Al mismo tiempo, comenzó a promover la internacionalización del renminbi. Hasta entonces, China, el mayor exportador del mundo, había dependido casi por completo del dólar para facturar y liquidar su comercio exterior. Esa dependencia condujo a una acumulación masiva de reservas en dólares, que alcanzaron un máximo de u$s 3,8 billones en 2014.
Preocupación china
Reducir la dependencia del dólar y diversificar las reservas más allá de un único activo tenía sentido para China entonces, y sigue teniéndolo ahora. Como gran economía impulsada por las exportaciones, China asume riesgos persistentes al externalizar efectivamente su sistema de pagos y sus ahorros a EE.UU. Eso ayuda a explicar por qué las tenencias chinas de deuda federal estadounidense han caído a unos u$s 700 000 millones desde aproximadamente u$s 1,3 billones en 2015.
Las preocupaciones sobre los desequilibrios mundiales, que ahora vuelven a estar en la agenda del G7 bajo el liderazgo de Francia, no son nada nuevo. Ocuparon un lugar destacado en los debates del G20 a principios de la década de 2010, cuando los responsables políticos chinos consideraban que un sistema monetario internacional más equilibrado repartiría las cargas de ajuste de forma más equitativa, reduciría la dependencia de China del dólar y ofrecería más opciones en materia de pagos e inversiones, lo que mejoraría la estabilidad. El razonamiento subyacente era sencillo: una economía de importancia sistémica como la de China debería tener una moneda verdaderamente internacional.
A menos que haya un cambio en la política o surja un multilateralismo sin EE.UU., la economía mundial en incertidumbre
La incorporación en 2016 del renminbi a la cesta de monedas que componen los derechos especiales de giro (DEG, el activo de reserva del FMI) se consideró un paso hacia un sistema monetario multidivisa. Durante la presidencia china del G20 en 2016, este cambio se consideró beneficioso no solo para China, sino para la estabilidad mundial.
Sin embargo, durante la década siguiente, ese consenso se desmoronó en gran medida debido al aumento de las tensiones geopolíticas. La opinión predominante, reflejada en el último informe de Ginebra del Centro de Investigación Económica y Política, es que un sistema multimonetario en tales condiciones podría profundizar la fragmentación y exacerbar los riesgos sistémicos. Sin mecanismos de coordinación sólidos, la competencia monetaria puede resultar desestabilizadora.
Pero la fuerte dependencia del dólar conlleva sus propios riesgos, especialmente dada la política errática y a menudo transaccional de Trump. Con la estabilidad financiera mundial efectivamente rehén de las políticas internas de EE.UU., China está desarrollando una moneda internacional acorde con su creciente huella económica. Los argumentos a favor de un sistema monetario internacional que no dependa de una única moneda dominante son tan convincentes hoy como hace una década. El camino pasa por una transición cuidadosamente coordinada hacia ese sistema. Pero sin una cooperación política que lo mantenga unido, es probable que se produzca inestabilidad y una mayor fragmentación.
Sin duda, como actual presidente del G20 y principal accionista del FMI y del Banco Mundial, EE.UU. debe seguir desempeñando un papel de liderazgo. Pero con Trump, el G20 corre el riesgo de convertirse en un foro de política transaccional, y división en lugar de cooperación multilateral, lo que lo dejaría mal equipado para gestionar —y menos prevenir— las crisis mundiales, lo que sería el fin del orden económico internacional basado en normas.
Aunque EE.UU. sigue teniendo influencia desmesurada sobre las finanzas internacionales, esa concentración de poder es en sí misma una vulnerabilidad, ya que la estabilidad mundial depende de que un único actor establezca las normas y las haga cumplir. Dada la creciente disposición de Trump a ignorar esas normas cuando limitan sus intereses inmediatos, ya no puede darse por sentado.
Dicho esto, aún no han surgido alternativas creíbles. A menos que se produzca un cambio en la política estadounidense o surja una forma viable de multilateralismo que pueda funcionar sin EE.UU., la economía mundial seguirá plagada de incertidumbre e inestabilidad.
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